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Los caprichos de Julie Delpy

Un espacio sin críticos, sólo libros, películas y música conectados así nomás, como toda cosa.

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the ghost writer

The ghost writer – Il portaborse

El escritor oculto (The ghost writer), Roman Polanski. Franciia, Alemania, Reino Unido, Estados Unidos, 2010.

Il portaborse, Daniele Luchetti. Italia, 1991.
Un travelling sobre un balcón y el mar. Una vasija, sólo que ya ha germinado, florecido. Faltan las cortinas, pero como el film es italiano y el granulado suena a nostálgico, “Il portaborse” recuerda a “Cinema Paradiso”. Pero al revés, porque el travelling recorre transversalmente a ese balcón, hay otras vasijas y hay también un escritor. Luego sí el travelling se irá acercando al dintel de una puerta y, ya no una vasija sino una viga a medio dejar caer el piso superior, será el centro de atención de la cámara que avanza hacia adentro. Hacia la viga y el material que se va desprendiendo sin mayor motivo que el del paso del tiempo.
¿Por qué tanta nostalgia, tanta quietud y tranquilidad?
Dentro de ese cuadro hay un espíritu inquieto que está a punto de perder la paciencia ante el escrito de uno de sus alumnos que se prepara para un examen nacional. Y de otra de sus alumnas que lee al mismo tipo en el diario. ¿Pero qué demonios leen para escribir así? Dos alumnos que escriben sobre política para romper toda buena norma por un fulano que no sabe dibujar una A.
Le gritan, pero es un profesor querido. Hay mucha pasión en “Il portaborse”, como hay mucha pasión en las películas de Nanni Moretti, incluso en las que produce, como en esta. La pasión le juega una mala pasada a los espíritus inquietos que conviven con los cuadros armoniosamente compuestos del cine italiano. La comedia ya no va hacia lo grotesco, hacia el baile, la singularidad de las familias de la enorme Italia, sino al contrapunto. Por eso “Cinema paradiso”, aun cuando la alusión pueda ser menos querida: ante el otro, el protagonista es un ser patético al que le cuesta circular sin trastabillar. Y, a la vez él también tiene sus propias manías, no es un ser tan inocente como Chaplin, tiene cierto rasgo de iracundo. Y, sin embargo, es más inocente y simple que los tipos que lo gobiernan todo, como Botero, el Ministro que sabe que van a adelantar las elecciones y que ya está haciendo campaña para ser reelecto.
Es la frase y la mirada: la frase del niño y la mirada del adulto que le recuerda que ya no es un bebé, que debe dejar de jugar con el micrófono y empezar a comportarse. Y, además, es la constante indignación por lo impuesto, ante la ignorancia y el chiste que se pasó de la raya. Esa es la comedia en Moretti y también de este film de Luchetti.
Y los contrarios que se unen por una razón tan romántica y, a la vez (siempre “a la vez”), cotidiana como mantener en pie la casa familiar, que es un monumento histórico, pero eso sí qué importa, hasta que importa. El profesor, que es escritor, le escribe los discursos a ese tipo en el que desconfía y no cree y ha criticado, que es Botero, que va a la carrera electoral nuevamente, y Luciano no hace otra cosa más que seguir jugando con el discurso, como un juego, claro, hasta que ya empieza a no ser divertido. Y Botero, que es todo menos un soñador, que está bien despierto, eso es, también tiene sus rabietas, pero ahí sí que dan bronca y producen rechazo, pero para que duela debe pasar tiempo. Hasta que Luciano despierte.
Es curioso que el thriller político que hubiera podido ser “Il portaborse” se convierta en una comedia nostálgica, triste de a ratos, opresiva sobre el final, risueña siempre. Es curioso porque Polanski también dirigió una historia sobre un escritor fantasma, que es puro thriller político, y del mejor, acabado, completo. Y es curioso porque hay una musiquita que acompaña sobre todo a la primera parte de la película que luego recupera Polanski en otra de sus películas -ahora sí comedia, pero oscura, bien oscura-, Carnage. Digo que es curioso lo obvio, que las mismas historias pueden decirse de muchas formas y todas pueden enamorar, incluso cuando no producen las mismas sensaciones, aunque algo hay en el trasfondo que las vuelve cercanas. Ese detalle que podría alejarnos, nos vuelve tan cercanos, probablemente porque, como los personajes de Nanni Moretti, como Luciano, como Botero, también nosotros estamos en una disputa interna por saber cómo decirnos, en esa necesidad que tenemos de decirnos todo el tiempo, incluso cuando afloran las contradicciones, y nos encontramos en la disyuntiva de tratar de ocultarlas o reírnos de ellas.

Escritores ocultos: una tipología posible

Es preciso que se asocie un misterio al acto de la creación. La sociedad lo pide a gritos.

Umberto Eco, en “Nadie acabará con los libros” (Eco, Carrière).

Dibujo de Kafka
Dibujo de Kafka

En “The ghost writer”, Polanski presenta en tono de thriller la historia del fantasma detrás de la autobiografía de un exprimer ministro británico. La idea de “escritor fantasma” u oscuro se aplica al creador de una obra escrita cuya verdadera identidad nunca debiera conocerse. La fama (no así el mérito) es de otro. Vale remarcar que la intertextualidad juega una pasada extraña en las definiciones: ¿cuánto de autor queda después de repetirnos eternamente? Y la no menos intrigante pregunta de: ¿qué hacemos con el concepto de “autor” que es propia de los albores del capitalismo y la modernidad. Más allá de estas cuestiones, no hay una sola forma de escritor oculto o, más bien, tiene varios matices:

  • El autor Anónimo, así difundido en la difusión de libros, ese que ya no puede descubrirse, como en el “Cantar de mío Cid”.
    Como una forma de lo anterior, el “inventor” detrás de los relatos orales que resistieron al paso del tiempo, como los autores de los mitos y las leyendas.
  • Y como parte de lo mismo, el nombre que queda con la obra mítica, y a quien se le atribuye y cuestiona su autoría, como Homero en “La Ilíada” y “La Odisea”. Al respecto, Jean Claude Carrière -en su conversación con Eco publicada en libro bajo el nombre de “Nadie acabará con los libros”- cuenta reflexivamente lo siguiente:

En la época de mis estudios clásicos, nuestro profesor se pasó cuatro meses con la “cuestión homérica”. Su conclusión fue la siguiente: “Ahora sabemos que probablemente los poemas homéricos no fueron escritos por Homero, sino por su nieto, que también se llamaba Homero”.

  • El escritor que oculta su obra y que es salvado de las garras del olvido, como gran parte de la obra de Kafka.
    El escritor que confunde y firma con seudónimos, como Pessoa. (Y también el que recurre al seudónimo para salvar su vida).
  • Y, en una forma más extrema de lo anterior, las escritoras que debieron firmar con nombre de varón para ser leídas y rescatar su obra, como Mary Ann Evans, que publicó bajo el seudónimo de George Eliot la novela “Silas Marner” de 1861.
  • El corrector de una obra, cuando se lo desconoce, o cuando se empieza a sospechar que en muchos pasajes fue más que un corrector, como se han encargado de poner en cuestión a la figura de Max Brod, amigo de Kafka, que salvó gran parte de su obra de la hoguera.
  • Y, finalmente, el escritor considerado en sí mismo como “oculto”, el verdadero autor de una obra que es firmada comercialmente por otro, como se plantea en la película de Roman Polanski.

Y, ya que nombramos a Kafka, compartimos uno de sus relatos rescatados del olvido:

De Prometeo nos hablan cuatro leyendas. Según la primera, lo amarraron al Cáucaso por haber dado a conocer a los hombres los secretos divinos, y los dioses enviaron numerosas águilas a devorar su hígado, en continua renovación.
De acuerdo con la segunda, Prometeo, deshecho por el dolor que le producían los picos desgarradores, se fue empotrando en la roca hasta llegar a fundirse con ella.
Conforme a la tercera, su traición paso al olvido con el correr de los siglos. Los dioses lo olvidaron, las águilas, lo olvidaron, el mismo se olvidó.
Según la cuarta, todos se aburrieron de esa historia absurda. Se aburrieron los dioses, se aburrieron las águilas y la herida se cerró de tedio.
Solo permaneció el inexplicable peñasco… La leyenda pretende descifrar lo indescifrable. Como surgida de una verdad, tiene que remontarse a lo indescifrable.

«Prometeo» de Franz Kafka».

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