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Los caprichos de Julie Delpy

Un espacio sin críticos, sólo libros, películas y música conectados así nomás, como toda cosa.

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trilogía

Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia

Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia (En duva satt på en gren och funderade på tillvaron), Roy Andersson. Suecia, 2014.
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Un cuadro en movimiento.
El punto fijo y el ente que anota, se mueve, desvaría un instante para volver a su lugar.
La frase que se repite, el gesto que se repite, la espera que se repite.
Dos comerciantes del entretenimiento venden dientes de vampiro, quieren divertir a la gente, repiten el ciclo, se desencuentran, se preguntan por el futuro de la humanidad.
Una nena escribe un poema que nadie escucha. Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia. Y la falta de dinero. Ese no es el poema, pero eso es.
De este lado del teléfono siempre se contentan con saber que más allá están bien. Apenas una mueca, mientras la figura del otro espera, enmudecida, quieta en el lienzo.
Una paloma se enfrenta al vidrio, y en el vidrio se quema el instrumento del hombre que da vueltas en su propia pira, mientras los soldados esperan, callados, el fin de la exposición.
En un bar el caballo desplaza a las peonas, entra el rey, toca la mano del hombre, no deja de circular la comitiva que va a caer, y vuelven a entrar sólo las mujeres, también el rey, que tiene que ir al baño, pero está ocupado.
Hoy ni es miércoles, ni es jueves. Sí hay siempre una paloma pululando sobre una rama, y una derrota que no hemos comprendido del todo, ni superado siquiera, un millar de muertes absurdas y una mesera besando guerreros por una medida de alcohol.
Las sombras parecen blancas y ya nadie puede salir.
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“En duva satt på en gren och funderade på tillvaron”: Parte final de una trilogía sobre ser un ser humano. Las dos primeras partes son: “Sånger från andra våningen” (Canciones del segundo piso) del año 2000, y “Du levande” (La comedia de la vida) del 2007, todas escritas y dirigidas por Roy Andersson.
En duva satt på en gren och funderade på tillvaron3

EL Padrino (Trilogía)

¿Por qué la trilogía de “El Padrino” es un clásico del cine? Algunas de las razones más directas, simples, repetidas, son las que señalan el poder de la industria, su distribución, su procedencia norteamericana, el triunfo de Coppola en la época en la que surge junto a otros directores como Scorsese o Brian De Palma; por su elenco, que coloca en el centro a figuras como Al Pacino, Robert De Niro, Robert Duvall, Diane Keaton, pero que se establece con el renombre de Marlon Brando en la primera parte de la franquicia.
En un segundo orden -muy cercano a la industria norteamericana-, porque “El Padrino” es un film eminentemente narrativo. No hay ningún cabo suelto en las casi 10 horas de películas: cada personaje, cada circunstancia, cada escenario, rasgo, frase, indumentaria tiene su razón de ser. No sólo la estructura clásica del género narrativo está trabajada palmo a palmo en cada entrega, sino y sobre todo que cada elemento contribuye al devenir narrativo. Hay paralelismos, hiatos, flashbacks, conflictos centrales, conflictos en cada personaje principal y de segundo orden, resoluciones totales. La muerte, el final definitivo, calma el inquietante suspenso generado en el espectador, y esa apabullante tranquilidad narrativa mantiene en vilo al público deseoso de mirar y conocer historias. Incluso por la violencia, las películas de gángsters triunfan.
Pero los gángsters, estos gángsters, tienen un conjunto de valores que defienden a ultranza, que los acecha, que va marcando su paso. La trilogía de “El Padrino” es una gran ceremonia orquestada con música clásica, ritos católicos y fiestas familiares de alta alcurnia. Hay ritos para iniciarse, la puerta debe cerrarse antes, la mano de El Padrino debe ser besada, hay una cola que respetar, un legado que conservar, una imagen que preservar. Hay bodas, y bautismo, y la ordenación ronda la segunda y tercera entrega. Hay confesión, comunión. No hay confirmación porque el pecado envuelve, y no hay extremaunción porque la muerte sobreviene constantemente, que es lo mismo decir que en cualquier momento llega, que en realidad ya no hay forma de prepararse, sino sólo evitarla. La Familia debe respetarse, cuidarse, vanagloriarse de y por ella. El embarazo es buscado, esperado, y debe ser varón. Las mujeres son compañía, compañeras, silenciosas, golpeadas. Cada golpe mafioso es una ceremonia, un ritual que debe seguirse al pie de la letra. Por medio del ritual, de la ceremonia, de los valores, “El Padrino” se embarca en una cruzada hacia lo clásico, porque de lo más clásico viene: de la familia como sucesión, de las instituciones centenarias, milenarias
de la violencia, y los asesinatos, los robos, las infamias, la defraudación mundial.
Y por tan ceremoniosa, la trilogía recuerda a otros films que curiosamente tienen un marcado vínculo con la religión cristiana, con el catolicismo, con el Vaticano: “Los diez mandamientos”, “Ben Hur”. Es lo ocre de la imagen, no del todo rojizo, quizás el único verdadero elemento formal que hace a la iconicidad clásica del film. De los tres films. Mientras todo lo demás (planos, movimientos de cámara, angulación, montaje, música) reafirman su condición narrativa, es el color ocre lo que refuerza la idea de clásico, propio de los films señalados, por lo demás imposible de repetir hasta el hartazgo para que el efecto pierda su valor.
Está además el arte que rodea al film, el guión construido en base a la obra de Puzo, las 10 horas de películas, detalles que hicieron de varias películas clásicos instantáneos del cine.

Pero está también la genialidad. No que nada de lo anterior no sea simplemente asombroso, pero la iconicidad de la obra de Scorsese es tan grande que las referencias a “El Padrino” son constantes y, sin haber visto la trilogía, más o menos todo el mundo sabe de qué se trata.
La puerta que se cierra, la mujer del otro lado, los hombres besando la mano del Don. Los asesinatos múltiples, orquestados, mientras el nuevo Don se convierte en Padrino, mientras la sociedad de Familias se disuelve, mientras el nuevo Papa duerme. El asesinato del hermano en el peaje, la balacera en la calle, en medio de la procesión, y la muerte del adversario. La reunión de Vito con los cabecillas de cada familia. Las pastas. Las venganzas, incluida la del niño que escapó a Estados Unidos y volvió muchos años después con otro nombre, impuesto, a cumplir con el honor de su familia. La ópera del hijo, del nieto, la trama siniestra que recorre 45 minutos de película, mientras que en 10 minutos se resolvieron todas las muertes en la primera entrega. El disparo en las escalinatas del teatro. La hija desangrándose, apenas cayendo, casi como una muñeca que mancha su vestido. El grito del padre. El grito mudo del padre que desgarra. El helicóptero y la balacera en la reunión de capos. El asesinato del hermano en el lago.
La muerte entre los tomates mientras corre al nieto, apenas tosiendo con su voz ronca, tumbando algunas plantas, y la cara del nieto que sigue el juego mientras la trama se desangra para volver a empezar.
“El Padrino” ha nacido siendo un clásico porque ha hecho uso de los triunfos del arte cinematográfico, porque los conflictos se suceden sin dar respiro al espectador que reniega de la mafia y lucha contra sí mismo por no volverse un Corleone más, y porque no hay un instante en el que la trilogía deje de sorprender, maravillar, temer, pensar, espectar. Espectar y esperar, seguir sentados mientras la historia de la humanidad se sigue contando ante un rostro sin alma de todos los pasados que recuerdan.

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El padrino (The Godfather), Francis Ford Coppola. EE.UU., 1972.

El padrino II (The Godfather Part II), Francis Ford Coppola. EE.UU., 1974.

El padrino III (The Godfather Part III), Francis Ford Coppola. EE.UU., 1990.

27 de diciembre de 2014 – Programa 41

Parte 1:
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Parte 2:
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Parte 1:
Fragmento del apartado 5 de «Un pequeño punto de la nariz» de Roland Barthes en «Fragmentos de un discurso amoroso» (pág. 44)

The Beatles – Real Love


Película: «Before sunrise» (Richard Linklater)

Pedro Aznar – A primera vista

Apartado 1 de «La conversación» de Roland Barthes en «Fragmentos de un discurso amoroso» (pág. 92)

Gustavo Cerati – Bocanada


Fragmento de «La insoportable levedad del ser» de Milan Kundera.

Pink Floyd – Wish you were here
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Biopic: Ethan Hawke.

Family of the Year – Hero

In a world: «Before sunset» (Richard Linklater)

Fragmento del apartado 2 de «¡Qué azul era el cielo!» de Roland Barthes en «Fragmentos de un discurso amoroso» (pág. 119).

Flopa Manza Minimal – Abrazo impacto

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Parte 2:
Julie Delpy – A walz for a night

Película: «Before midnight» (Richard Linklater)

Robyn Hitchcock – Tangled Up In Blue [Bob Dylan]
George Harrison – Let It Down

Poema extraído de la película «Antes del amanecer»
Robert Plant & Jimmy Page – Thank You

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Apartado 1 de «Agony» de Roland Barthes en «Fragmentos de un discurso amoroso» (pág.45)

Fito Páez – Creo

Fragmento del apartado 1 de «Esto no puede continuar» de Roland Barthes en «Fragmentos de un discurso amoroso» (pág. 186)

Nina Simone – Just in time
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Antes del amanecer – Antes del atardecer – Antes del anochecer

Antes del amanecer (Before sunrise), Richard Linklater. 1995, EE.UU, Austria y Suiza.
“Antes del amanecer” marca el inicio de una trilogía inesperada. Una trilogía del encuentro y del amor. Comenzó como una búsqueda, una persecución de discursos amorosos, conversaciones repletas de coqueteo e ideas mezcladas, destinadas a completar la noche, despedirse entre besos y no volver a verse nunca más. La búsqueda terminaría dando letra a una segunda y tercera parte, totalmente necesarias, porque las historias de amor no soportan las incertidumbres.
El encuentro. Todas las historias hablan del encuentro. Dos personas viajan en un tren, curiosamente se han subido a ese tren, luego de una serie de eventos probablemente desafortunados, y por una comodidad aparente, deciden sentarse cerca. Les llama la atención la lectura del otro, la discusión ajena que los acercó, la belleza que el halo del ser amado desprende. Y ya, pronto, se han desatado los hilos del destino para dejarlos hacer. Para conocerse, contemplarse, dejarse enamorar.
“Antes del amanecer” plantea el mejor de los escenarios posibles, si bien por nueve años todo pareciera indicar que sólo fue el amor de una noche. Que todo vivió y murió ahí, en apenas un par de instantes. Plantea el amor ideal, aunque después Celine se ufane de eso. Dos jóvenes con muchas ganas de enamorarse, de acompañarse, de dar todo lo que tienen en ese rato que les queda hasta que Jesse tome el avión para volver a Estados Unidos. Debe tomar su avión en Viena. Caminan, se miran, se rozan las manos, se dejan besar. Casi como un primer amor que los despierta con el alba.
Jesse está en Europa por una novia que no quería recibirlo. Pasó semanas con un ticket libre recorriendo las vías de la red europea. Celine está de regreso de Budapest. Fue a visitar a su abuela. Siempre encuentra algún momento para hablar de ella. Para el final de la noche, ella ya debería estar en París. Sin embargo, está tirada, su cabeza sobre el regazo de Jesse, frente a una fuente, en alguna calle llena de historia de esa ciudad que los mantuvo juntos.
Y tuvieron ganas de estar juntos. Mientras toman un café en el bar, frente a frente, ella no para de acomodarse el pelo, poner su cabeza de costado, mirar para abajo con un dejo de timidez, pero siempre con sensualidad. Y mirarlo, mirarlo. Mirarlo sin que lo note, cruzando la vista también, dejándose ser. Mientras toman ese café en el tren, el mismo plano medio que es casi un primer plano, lo muestra a él estirándose, dejándose observar, robando sonrisas, pavonearse para no demostrar que está completamente rendido ante esa parisina que se le acercó con un libro en la mano. Y la mira, la mira como si no pudiese creerlo, como si nada de eso fuera posible. La mira como descubriendo que ese viaje nefasto puede que no termine nada mal, puede que lo termine abrasando, puede que lo devuelva a la vida.
Tienen ganas de enamorarse, y parece que se han pensado todo, porque sueltan sin titubear, apenas acomodando un poco las ideas, el conjunto de sus creencias, sueños, deseos, miedos, verdades que les son muy propias, que los encantan y que terminan encantando. Se acercan, se alejan, miden las distancias. Toman cerveza en un bar, piden prestado un vino, desconfían de la religión en una iglesia antigua. Hacen el amor en un parque a la luz de sus ojos, o de la luna y las estrellas. Ya no quieren despegarse. Pero el amanecer está por llegar.
Antes del amanecer ellos han caminado, han visto y la cámara no ha dejado de seguirlos, de perseguirlos, mientras se chuparon toda la nostalgia de la noche vienesa. Se cruzan con un poeta, con una pitonisa que le lee las manos a Celine, con unos actores de teatro, con una bailarina que recupera la danza de nacimiento. Terminan la noche bailando al son de unas notas robadas, jurándose con los ojos, con la sonrisa, con lo que les queda del cuerpo cansado de tanta noche, que jamás se olvidarían. Se besan apasionadamente en la puerta del tren que ella va a tomar. Luego, ambos siguen en sus butacas particulares, alejándose. Miran a la nada, recordando. Se les cae una sonrisa antes de cerrar los ojos. Y dejarse ir. Dejarse. Se han dejado. Prometieron verse a los seis meses en ese mismo lugar. Pero sospechan, se van casi sabiendo que es muy probable que nunca vuelvan a verse.
Antes del amanecer es el momento ideal para enamorarse. La noche tiene sus propias leyes, o no tiene ninguna. No hay reglas para la noche, salvo las que exija el cuerpo. Pero Jesse y Celine suspendieron el tiempo y se dedicaron a amar. Incluso en la noche del parque, antes de que finalmente tengan sexo, el amanecer sigue haciéndose presente. Es sólo una noche. No una noche más, quizás la más larga, pero también la más intensa. Todo lo cubre el rojizo del sol que está por alumbrar a esa parte del mundo en el que dos personas se han encontrado. Encontrado y enamorado.
Difícil vivir un “Antes del amanecer”, en cualquier parte del mundo, por más que el film de Linklater inaugure una serie de búsquedas infructuosas de una Julie con un libro o de un Ethan con el corazón arruinado. En definitiva, es el amor ideal de dos personas en tránsito que se bajan del tren para vivir una aventura. Y no se dan los números de teléfono al final del día. Todo se resolvería más rápido con Facebook. Seguro. Pero, ¿adónde iría la pasión sin un poco de incertidumbre?

Antes del atardecer (Before sunset), Richard Linklater. EE.UU., 2004.

“Muchas veces escribir es recordar lo que nunca existió. ¿Cómo lograré saber lo que ni siquiera sé? Así: como si recordase. Con el esfuerzo de la “memoria”, como si nunca hubiera nacido. Nunca nací, nunca viví: pero recuerdo, y el recuerdo está en carne viva.”

Clarice Lispector.

Antes del atardecer es la remembranza y la continuidad. Dos personas que se vuelven a encontrar después de nueve años de la primera vez que se vieron –Antes del amanecer-retoman aquella gran conversación que tuvieron caminando las calles de Viena, pero ahora caminan París. Y son algo más adultxs y los temas parecen haberse reelaborado, un poco.
En el primer encuentro él debía tomar un avión para volver a EEUU a las 9:30 de la mañana siguiente y ella lo acompaña en esa noche que deben pasar en vela porque no hay dinero para el hotel. Y conversan, sobre todo. También se besan y toman vino y hacen el amor. Pero conversan. Y esto es lo importante de esta trilogía: la primacía del diálogo. En Antes del atardecer, de hecho, ella se lo confiesa –ya pasaron años, no tiene más 23, ahora tiene 32 y sabe-: no es fácil conectar con alguien –vaya que no-, lo que quiere decir que no es sencillo conversar, compartir la palabra y con ella todo lo que se nos desprende: la infancia, las desventuras y aventuras amorosas, los proyectos, la ideología…
La continuidad de ese diálogo es la prueba de que realmente existe la posibilidad de encontrar a alguien con quien simplemente caminar y conversar e ir tejiendo de esa manera una trama que puede muy bien parecerse al amor, por qué no. Sin cotidianidad, ni compromisos constantes, ni rutina. Trama que crean ellxs como casi desconocidos pero con algo que los ha trabado: quizá la pasión. Esas miradas ardientes que se hacen unx al otrx, taladrando las ropas y deseando todo. En Antes del amanecer él se la pasa hablando de sexo; en la siguiente es ella la que quiere saber y tira puntas sobre la sexualidad. Y bueno, lo dice: los franceses no son tan “calientes” como los norteamericanos. Quedamos perplejxs: cómo sabe tanto. Y es que sí, en esos nueve años ella vivió algunos en el país de él. Hubieran podido encontrarse a no ser por el pacto de no pasarse números ni direcciones. Lo que hubiera pasado, no pasó.
También nos enteramos, aunque luego ella se haga la que no lo recuerda, que cuando tuvieron sexo también se comunicaron y siguieron así trabando una conexión que les costará mucho –y no podrán- deshacer. Entonces, las otras relaciones que fueron estableciendo –él está casado- no fueron para nada lo que esperaban del amor. Dejaron todo esa noche con la promesa de volver a encontrase seis meses después. Él fue, pero ella no. Desilusión y abandono.
¿Y la remembranza? Sale de los poros de ambxs. Sólo quieren remitirse a aquel encuentro y a qué huellas dejó en el otro esa noche. Él está en París presentando un libro justamente sobre un hombre que conoce casualmente a una francesa y bla bla. Ella va a verlo a la librería y antes había leído el libro: lectura que movilizó todos los cimientos y la dejó bien triste.
Salen juntxs a caminar y continúan aquel diálogo hasta que terminan en el departamento de ella –el avión de él otra vez está a punto de salir- y él le pide que le cante y ella tiene vergüenza, pero finalmente canta un vals que no sólo contiene el nombre de él –Jesse-, sino que además cuenta la historia de ese encuentro casual, inolvidable que llevan ambxs tatuado en el cuerpo.
Así la escritura para Celine y Jesse que se impuso como medio para no olvidar. Aunque no hace falta pasarlo por escrito porque está en la piel, pero bien se sabe que la escritura se impone y… andá a escapar.

Antes del anochecer (Before midnight), Richard Linklater. EE.UU., 2013.

Jesse: Escribí una versión ficticia en la que tú llegabas.
Celine: Ah, ¿y qué pasa?
Jesse: Bueno…
Celine: ¿Qué?
Jesse: Hacemos el amor como 10 días seguidos. Esa es una parte.
Celine: Interesante. La puta francesa, ¿verdad?
Jesse: Sí, exacto. Es que se conocen más y se dan cuenta de que no se entienden.
Celine: Eso me gusta. Es más real.
“Before sunset”, Richard Linklater.

Él perdió el avión. Perdió el avión y tuvieron sexo por días y días. “Antes del anochecer” empieza terminando. El hijo sobre el que nadie se pregunta en el final de “Antes del atardecer” está por tomar el avión rumbo a Estados Unidos. Es el final de sus vacaciones en Francia con su padre, madrastra y hermanas gemelas, y debe volver con su madre, a quien parece no estimar demasiado. Es una secuencia larga en la que a Jesse le cuesta mucho darle el último abrazo. La secuencia termina con él saliendo del aeropuerto, rumbo a la camioneta en la que está apoyada Celine, hablando por teléfono sobre algo demasiado importante como para soltar todo por su Jesse, y la cámara lo sigue hasta la puerta del conductor, pasando por la ventanilla abierta donde se ve a las gemelas rubiesísimas como la mamá, durmiendo.
Han pasado nueve años y todo se resume en esa toma que inaugura la nueva secuencia. Acá termino con el tema de las secuencias. Lo importante de todo esto es que tras haber dejado al hijo, y en viaje ya hacia la estancia del escritor amigo en la que se están hospedando (sólo por una noche más), Jesse empieza con la charla del tiempo que perdió con su hijo, y de que necesita una figura paterna, etcétera, y Celine al vuelo le caza la idea de que quiere mudarse a Chicago. Claro que no lo dijo, pero lo piensa y más tarde lo hará. Y Celine pronuncia la sentencia de muerte: “Oh por Dios. Así es como termina. Así es como la gente comienza a terminar”.
El tema de la separación aparece una y otra vez en las conversaciones propias y ajenas. Como nunca en “Before midnight” Celine y Jesse comparten largas charlas con otros. Ya se terminó el tiempo de estar solos, y no sólo por los hijos. Por supuesto, el amor es muy ideal cuando no hay mucho más que hacer que estar juntos. Pero cuando la cotidianeidad cubre todos los espacios, entonces ya es casi imposible encontrar un momento en el que se pueda hablar de uno mismo, de lo que siente, de lo que piensa, de lo que sueña, de lo que teme. Desde que Jesse entró en la casa de Celine, el espacio abierto se clausuró y a partir de ahí comenzó la vida del mal aliento, el trabajo, los hijos y sus horarios, los viajes de negocios -que los tienen, por más idealistas románticos que sonasen en sus juventudes-. Así es imposible salir a enamorarse en un tren en Viena. Y cuando escuchan a esos conocidos hablando con tanta despreocupación de sus relaciones, como algo más en sus vidas, casi riéndose de eso, ellos que han construido su historia en base a un relato romántico lleno de magia, no pueden ver más que el ocaso, la noche que llega, el sol que se va, se va, ya no está.
Tienen un ¿último? paseo juntos y a solas. Les han regalado una noche en un hotel mientras les cuidan a las nenas. Empiezan a caminar, el travelling sigue apareciendo, pero falta algo. Quizás que no se produjo el encuentro, porque siempre estuvieron ahí y hace mucho que no se buscan. Lo cierto es que las conversaciones ya no tienen esa pasión de la primera vez; ni de la segunda, incluso. Y antes de llegar a la habitación de hotel ven su “Antes del atardecer”. Durante esta primera parte de la película suena un instrumental bastante parecido a “A waltz for a night”, la canción que le canta Celine a Jesse en el final de “Before sunset”. Cuando termina de anochecer, cuando ven caer el sol, se desata la tormenta. Ahora que están solos y juntos, todas las conversaciones conducen a cada una de las situaciones del/con el otro que les molestan tanto. Intentan tener sexo, el primero que se ve en los tres films, y sin embargo es imposible percibir aunque sea algo de ese amor único que desprenden las partes anteriores. Muy intenso, muy oscuro. Hay una agresión latente que va a salir muy pronto y va a terminar con Celine afirmando que ya no lo ama más. Lo hace después de intentar irse de esa habitación de mierda por tercera vez. A pesar de la oscuridad, mantiene algún guiño cómico, pero ya todo está demasiado desgastado. Sí, desgastado.
“Antes del amanecer” era iniciática, de búsqueda, de encuentro. Podía funcionar muy bien sola, pero estaba llamando a una segunda parte. El amor debía durar más que un último beso después de la mejor noche de sus vidas. “Antes del atardecer” es quizás la más esperanzadora, menos vital que la primera pero más sincera, aunque depende completamente de la primera. “Antes del anochecer” es otra cosa. Es quizás la mejor de todas, pero el gusto amargo que deja, indefectiblemente la opone a cualquier espectador ilusionado por dos personajes maravillosos, inteligentes, bellos, aventureros e incluso medio torpes que lograron unirse. Bueno, nada de todo eso les asegura una vida feliz, y menos cuando tienen un pasado que no se las hace fácil. O tal vez eso tampoco importe.
En “Antes del anochecer” hay más exterior, más personajes, menos vuelo filosófico, pero no menos amor. También es parte del amor llegar a un aparente fin. Aparente, porque por más que Julie Delpy, Ethan Hawke y Richard Linklater aseguren que con esta entrega cierran la historia, parece que no les cuadra mucho terminar un relato a medio andar, y menos Linklater con su “Boyhood” –nota: hay una manía en el personaje de Hawke por nombrar proyectos similares a “Boyhood” en las “Antes de…”-. Bergman se tomó bastante tiempo, también, para hacer encontrar a los separados de “Escenas de la vida conyugal” en su “Saraband”. Tanto si se separan, como si deciden estar juntos a pesar de que quizás ya no se amen, como dice Celine, hay algo que aún no se ha contado sobre Celine y Jesse. Antes de que comiencen los títulos ambos empiezan a jugar de nuevo, y la noche apenas está empezando con la medianoche.

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