El baño del Papa, César Charlone y Luis Enrique Fernández Marta. Uruguay, 2007.
¿Qué generó en la gente la llegada del Papa Juan Pablo II a Melo, un diminuto pueblo del Uruguay por allá, en 1988? ¿Fe? Poca. Más bien, El baño del Papa representa cómo dicho acontecimiento eclesiástico sacudió las necesidades y, sobre todo, desperezó ese antiguo anhelo de “salir de pobres”. Aprovechar la santa visita para poner puestos y vender mucho para mejorar económicamente fue lo que decidió hacer todo el mundo ya que los medios anunciaban mentirosamente la llegada de 40 mil 50 mil 200 mil personas, aunque la cruda realidad fue que asistieron tan sólo 8 mil y la mayoría del pueblo.
Un vecino vendió su bicicleta para comprar una máquina de chorizos. Una mujer pidió un préstamo para invertir en los ingredientes necesarios para hacer choripanes a mansalva. Y el protagonista, Beto, usó el dinero que guardaba su mujer, Carmen, para construir un baño –mejor que el que nunca tuvieron- para ofrecer así Servicio Higiénico durante la víspera de la gran visita. Pero como lo que tenía juntado Carmen no alcanzó lo restante para lograr que creciera ese baño provino no de sus viajes honestos – o casi- en bicicleta para traer mercadería al pueblo, sino que la plata la obtuvo transando con Merillo, quien desde la primera escena se presenta como el villano sin escrúpulos, Agente de Aduana corrupto y tirano.
El baño del Papa es una película que nos permite viajar en bicicleta por Melo y sus alrededores, incluso leer carteles que anuncian el límite de frontera con Brasil. El protagonista trae mercadería burlando a la autoridad para evitar pagar impuestos. Ese es su trabajo, digamos, contrabando el cual aquí lo reconocemos como la única salida que tiene el pobre para hacer su diferencia. Diferencia que le permitirá a duras penas la supervivencia: comprar tres galletas, 200 de mortadela y un litro de leche. El pan de cada día. Al mismo tiempo, la ley ampara el robo de los encargados de hacerla cumplir. La paradoja de siempre, antigua y feroz como en todos los tiempos.
Más allá del clima agobiante que destella la pobreza material de los personajes, hay un intersticio: Silvia, la hija del protagonista sueña con ser locutora. Estudiar lo que le apasiona y no corte y confección como pretende su madre. Silvia se presenta como el único personaje con espacio aún para desear e imaginar, es decir Silvia tiene todavía espacio en su cabeza y en su alma para la ficción. Por eso, de noche improvisa entre sábanas que lava con su madre por encargo, un estudio de TV, con su linterna pretendiendo ser la luz de la cámara. O a la noche, sola en su cama, dice noticias de manera modulada imitando a los locutores que siempre escucha como estudiando por adelantado. Su madre, Carmen, por el contrario ya no puede desear ni querer nada y cuando Beto le pregunta qué se comprará con la plata que les dejará el Baño del Papa ella sólo sabe pedir para la casa, la hija o almidón para su trabajo. ¿Qué querés para VOS?, insiste Beto, así, enfatizando en el vos.
El día de la visita llegó finalmente y la maquinaria de los sueños se fue toda rota con el Papa. Entonces, frente al discurso mentiroso, otra vez, del conductor de TV anunciando que la bendición que dejó el Papa traerá salud, trabajo, una vida plena, escuchamos en la frase de Beto una verdad: “El Papa no tiene la más puta idea de lo que pasó hoy en Melo, loco”. Claro, no sabe del endeudamiento, de la frustración, de la pobreza circular que vuelve una y otra vez a presentarse como horizonte de los personajes.

La isla de las flores (Ilha das Flores), Jorge Furtado. Brasil, 1989.
“Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros” aclama George Orwell en “Rebelión en la granja” para decir que aún con el telencéfalo altamente desarrollado y el pulgar oponible, somos bien diferentes. Es un juego, como las definiciones, acomodaticio: gracias a esa definición los cerdos que habían comenzado la rebelión contra los humanos explotadores, terminan obteniendo el poder supremo, ya vestidos con pantalones, sentados a las mesas y fumando pipa. Nietzsche decía en “Sobre verdad y mentira en sentido extra moral” que las palabras no soportan nada de la realidad que representan. La palabra nieve no es ni por asomo ese copo que cae lentamente para confundirse entre los blancos. Pero con la palabra “nieve” lo que hacemos es poder aprehender ese momento, esa circunstancia, convertirla en símbolo y manipularla a discreción.
En “La isla de las flores” Jorge Furtado manipula a discreción los conceptos para demostrarnos cuán poco valor le damos a cada palabra, qué vacías de sentido suenan en la repetición. “Dios no existe”, reza al comienzo. Es la única definición que no se explica. Dios ha muerto. Ha muerto cuando los seres humanos, que se distinguen de los otros mamíferos por el telencéfalo altamanente desarrollado y por el pulgar oponible, hicieron de la vida en sociedad una enumeración vacía de conceptos e ideas que esconden la única gran verdad: no somos iguales, hemos creado una jerarquía de funcionamiento que nos excluye los unos a los otros, y por la que no podemos ver a los verdaderos excluidos, retraídos al espacio de la mugre, del tomate que Doña Anita juzgó inadecuado para ser transformado en salsa. Debajo incluso que los cerdos, los cerdos que supieron subirse al poder en la granja, esperan por turnos para obtener ese tomate u otro aún más podrido con el cual alimentarse. De más está decir que los cerdos se han alimentado primero.
El narrador que no se detiene ni un segundo, salvo al final, cuando ya se necesita un respiro, repite una y otra vez los conceptos más básicos, remarcando la ironía. La diferencia entre el dueño de los cerdos y las mujeres y niños es que estos últimos no tienen nada de dinero. Están muy lejos del oriental, lejos de Doña Anita y de sus clientas, lejos del supermercado y muy lejos del dueño de la cerca detrás de la que esperan en La isla de las flores para poder recoger un repollo en mal estado. Y son mujeres y niños: un nombre genérico que esconde la falta de nombre. Olvidados atrás de todo, son ese conjunto de personas agolpadas sin nomenclatura. Y, sin embargo, tienen el telencéfalo altamente desarrollado y el pulgar oponible.
Crítico desde el inicio, con la ironía y la perplejidad como recurso básico, no sólo señala la opresión de los habitantes de La isla de las flores en Puerto Alegre, sino que se permite confirmar que con ese pulgar oponible, y el telencéfalo altamente desarrollado que lo guió para obtener tantos logros, el ser humano también obtuvo la bomba atómica y su explosión. Y que los judíos, que también son humanos, caían desnutridos en las fosas comunes de cuerpos esqueléticos en los campos de concentración nazi. “Noche y niebla” de Resnais resuena bastante en la obra de Furtado, no sólo por las imágenes que retoma de los judíos. También anda por ahí el “Tire dié” de Birri. Y es que no sólo muestra una realidad: la contrapone, interpela. No se puede ser el mismo después de “Noche y niebla”. Ni que hablar de “Tire dié”, que como santafecinos nos interpela muy de cerca. Telencéfalos altamente desarrollados que nos han hecho doler las atrocidades que el pulgar oponible de la humanidad ha cometido.
En doce minutos Furtado resuelve una explosión, que estalla con la tétrica música del final y las últimas definiciones. El narrador ya ni siquiera se atreve a explicar la injusticia para dummies que hasta ahora venía relatando. ¿Cómo definir esa libertad que aparentemente nos distingue de los animales cuando las mujeres y niños de La isla de las flores sólo pueden obtener sus alimentos una vez que los cerdos terminen de comer? Cinco minutos tiene cada grupo de diez personas para recoger sus alimentos de la cerca de los cerdos. El componente mínimo del tiempo es un ciclo de radiación de un átomo de cesio, un elemento químico que en bajas dosis no perjudica a la salud; pero estamos atados al tiempo y, peor aún, la alta exposición al cesio radiactivo puede provocar la muerte.
Claramente no hay flores en La isla de las flores.

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